El Brasil del «jogo bonito» murió hace años: Ancelotti solo confirmó una decadencia que parece no tener final

Por Álvaro Rodriguez

Hubo un tiempo en que Brasil no solo ganaba. Enamoraba. Bastaba escuchar el himno, ver la camiseta amarilla y contemplar cómo la pelota recorría los pies de Ronaldo, Rivaldo, Ronaldinho, Roberto Carlos, Cafú o Kaká para entender que el espectáculo estaba garantizado.

Ese Brasil dirigido por Luiz Felipe Scolari en Corea-Japón 2002 fue mucho más que un campeón del mundo. Fue el último gran representante del «jogo bonito», una selección capaz de combinar eficacia con fantasía y de convertir el fútbol en un espectáculo artístico.

Han pasado 24 años desde aquella imagen de Ronaldo levantando la Copa del Mundo con su inolvidable corte de cabello. Desde entonces, Brasil ha seguido produciendo futbolistas extraordinarios, pero nunca volvió a construir un equipo que transmitiera el mismo respeto y la misma sensación de superioridad.

United 2026 solo confirmó una tendencia que ya nadie puede esconder.

La llegada de Carlo Ancelotti generó una enorme expectativa. Si alguien podía reconstruir a la Canarinha parecía ser uno de los entrenadores más exitosos de la historia, acostumbrado a manejar vestuarios repletos de estrellas y a ganar en cualquier escenario.

Pero ni siquiera Ancelotti encontró la fórmula.

Brasil volvió a quedarse corto en el momento decisivo y añadió otro capítulo a una lista negra que ya resulta demasiado larga para un país acostumbrado a medir el éxito únicamente en títulos.

El recuerdo del 7-1 contra Alemania en 2014 continúa siendo la herida más profunda, pero no la única.

Después llegaron las eliminaciones frente a Bélgica en Rusia 2018, Croacia en Catar 2022 y ahora un nuevo golpe en United 2026.

La sensación es que Brasil dejó de imponer condiciones.

Hoy tiene grandes individualidades como Vinícius Júnior, Rodrygo, Raphinha o Neymar cuando las lesiones se lo permiten, pero ya no posee ese fútbol colectivo que intimidaba antes de que comenzara cada partido.

Incluso su identidad parece haberse perdido.

Durante décadas, cualquier niño del planeta podía describir cómo jugaba Brasil.

Hoy cuesta responder esa pregunta.

La selección más ganadora de la historia parece haber cambiado el talento espontáneo por un fútbol mucho más calculado, más europeo y menos brasileño.

Paradójicamente, en el intento de modernizarse, terminó perdiendo aquello que la hacía única.

No se trata únicamente de entrenadores.

Han pasado Dunga, Mano Menezes, Luiz Felipe Scolari en su segunda etapa, Tite, Fernando Diniz, Dorival Júnior y ahora Carlo Ancelotti.

Los nombres cambian.

El resultado, casi siempre, es el mismo.

Brasil sigue llegando como favorito por el peso de su historia, pero deja de serlo cuando rueda la pelota.

Quizá el mayor problema sea precisamente ese.

La camiseta todavía pesa cinco estrellas, pero el fútbol ya no pesa igual.

Y mientras el mundo sigue esperando el regreso del «jogo bonito», la realidad golpea con fuerza: aquel Brasil que maravilló al planeta en 2002 parece pertenecer definitivamente al pasado.

Hoy, más que un pentacampeón en crisis, la Canarinha es una potencia que vive de su historia mientras intenta reencontrarse con una identidad que, hace mucho tiempo, quedó perdida en el camino.

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